Fin de año

Hace tiempo, cuando trabajaba en la Universidad Iberoamericana, sucedió que un edificio cercano estalló en llamas. Una de esas torres de Santa Fe. Cuando nos enteramos, la gente de la oficina donde trabajaba, por la zona cultural y deportiva, salió a mirar el incendio. Yo también salí. Las sirenas empezaron a escucharse a lo lejos, y supimos pronto que habían evacuado la torre. Por eso me sorprendí cuando vi un par de personas en el último piso de la torre en llamas. Se habrán quedado atrapadas. Y ahí estaba yo, desde la entrada de mi oficina, contemplando cómo aquellas personas se movían, impacientes, en la terraza del último piso. Luego aparecieron otras más. Los paramédicos de la universidad se movilizaron desde donde estábamos para acercarse a la torre y ofrecer ayuda. De pronto, un helicóptero llegó también. El corazón me dio un vuelco cuando lanzaron una escalera desde la panza del helicóptero y la acercaron a la torre. Sin más, el rescatista comenzó a descender. Me estremecí al ver cómo aquellas personas de la terraza se dejaban llevar, una a una, aferrándose con sus brazos al cuerpo del rescatista. Las lágrimas me inundaron los ojos. Les tuve envidia.

Hoy, que termina el año, les tengo envidia de nuevo.

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