¡Órale, mijos!

En marzo de 1991, Rodney King, taxista de 25 años, fue perseguido, atacado y apaleado brutalmente por cuatro policías en una avenida (freeway) de Los Ángeles. Rodney no murió, pero el ataque lo dejó con fracturas múltiples, daño cerebral y trauma de por vida. Trece días después, Latasha Harlins, estudiante de 15 años, entró a una tiendita del Sur-Centro de Los Ángeles, para comprar un jugo de naranja. Sacó el dinero para pagar, pero la dueña de la tienda le gritó acusándola de estar robando. Se pelearon, Latasha aventó el jugo y se dio la vuelta. La dueña agarró una pistola, le disparó por la espalda y le dio en la cabeza. Rodney y Latasha tenían algo en común: padecían la opresión de una sociedad que sistemáticamente lxs descalificaba por su color de piel. Latasha murió al instante, aún con el dinero en la mano.

Al año siguiente, los juicios que se habían estado realizando concluyeron: una jueza decidió que la dueña de la tienda, la koreana que había matado a Latasha, no merecía la cárcel. La dejó libre a cambio de 500 dólares y días de servicio. Con una semana de diferencia, otro jurado decidió que los cuatro policías que habían golpeado a Rodney tampoco merecían la cárcel, y los exoneró.

Apenas a unas horas de conocerse el veredicto, el 29 de abril de 1992, se encendió la revuelta. Comenzó en el barrio Sur-Centro de Los Ángeles, uno de los más marginados y violentos de Estados Unidos. Las protestas, los saqueos, los incendios se extendieron rápidamente a otras zonas. Seis días duró el levantamiento, hasta que fue reprimido por el ejército. Se dice que los disturbios ocasionaron cerca de sesenta muertxs (la tercera parte eran hispanxs), más de dos mil heridxs y más de 16 mil arrestos, de los cuales la mitad eran hispanxs (muchxs de ellxs indocumentadxs que luego fueron deportadxs).

Para conmemorar el 25 aniversario de esos hechos, se llevó a cabo una marcha-festival el sábado 29 de abril de 2017, en el mismo barrio. Otros eventos también se han realizado días antes y después: en universidades, en museos, en galerías, la ciudad –al menos, una parte– está haciendo el ejercicio de confrontar el pasado a la luz del presente, y al revés.

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Nos toma hora y media a F y a mí para llegar a Sur-Centro. La avenida está cerrada. Vemos foodtrucks, un escenario, sillas, tambos de agua que regalan por vasito, grafiteros haciendo murales. Una coalición de organizaciones comunitarias coordinó la marcha partiendo del lugar donde se inició la revuelta hace 25 años. Y de ahí llegaron aquí, a donde ya está el escenario montado y lxs de arriba animan el festival. Lxs organizadores son jóvenes y cada unx se distingue con las playeras de su grupo. Me sorprendo, me decepciono, cuando veo que no hay tanta gente. Será que se dispersaron después de la marcha. El cartel invitaba a toda la comunidad y la ciudad de Los Ángeles “a reflexionar sobre el legado del levantamiento y celebrar la resistencia y transformación del barrio”.

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Tomado del sitio del festival comunitario Future Fest.

Sur Centro ha cambiado en este cuarto de siglo: la población ya no es de mayoría afroestadounidense, sino que ahora hay más latinxs (originarixs o descendientes de centroamericanxs y mexicanxs), aunque también koreanxs y de otros países asiáticos. Según este artículo, la violencia ha disminuido sensiblemente: lxs jóvenes de la generación que siguió a la del 90 están mucho más acostumbradxs a las “relaciones interraciales, invierten en su futuro y se alejaron de la violencia”. De solo escuchar a lxs organizadores del festival, se podría pensar que se ha logrado una especie de balance o al menos tolerancia… Lo cierto es que no llegan a tres lxs güerxs que vemos en el festival o en la calles del barrio.

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Tomado del sitio del festival comunitario Future Fest.

Sonrío cuando veo, en la cola del puesto de dorilocos, raspados y gazpachos, algunas chicas de pelo negro chino preguntando con acento cerrado What is tamarindo?, y entrándole con gusto a las limonadas con chía. F y yo compramos un coctel de frutas y nos vamos a escuchar los discursos, en inglés y en español, de lxs presentadores en el escenario. Con insistencia, animan al público: “Let’s dance! ¡Bailemos! Let’s celebrate! ¡Celebremos!”. Y empieza la música y el baile. Habían anunciado un mariachi, pero cuando llegamos ya estaba el hip-hop.

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El escenario del festival se ubica frente al Community Coalition Center. Nos enteramos de que se presenta ahí una exposición sobre el mismo tema. Como el lugar es pequeño, van dejando entrar conforme van saliendo lxs asistentes, y por lo tanto hay una larga fila en la banqueta con la gente que está esperando. F y yo nos formamos como media hora, hasta que se abre la puerta y nos recibe un guía. Y entonces, todo se aclara.

Obras recientes de artistas de color reunidas en un solo espacio de sensibilización y reflexión. Una instalación con televisores noventeros narra, de forma fragmentada, los acontecimientos de hace 25 años. Muestra el video que se hizo viral antes de que existiera lo viral”, de los policías golpeando a Rodney King. El contraste de la rabia de los que incendiaron tiendas koreanas y aventaron piedras contra las patrullas, con la frialdad de los militares que llegaron a imponerse a los seis días. George Bush frente a las cámaras, Tupac Shakur frente a las cámaras. Autos en llamas, tiendas en llamas, edificios en llamas. El caos y luego… el silencio.

De pronto, un niño de unos once años me pregunta How did you get here? No entiendo la pregunta y me repite: How did you get into? Por la puerta de entrada, me formé, le contesto medio confundida. ¿Será que me veo muy de fuera? Parece molesto, pero luego sonríe y me dice que él no tuvo que hacer cola, porque forma parte del Centro.

Sigo mis pasos por la exposición. Otras piezas hablan de lo que pasaba antes, rescatan figuras clave en la comprensión del racismo en Estados Unidos, reinterpretan el presente… Y entonces oigo a una niña chiquita que se queja de su hermana: ¡Mamá, no me deja ver! La madre resuelve el problema cargando a la pequeña y le muestra el cuadro de la Mujer hermosa. Lo miro yo también.

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Salimos de la exposición y yo me siento diferente: se me hace que aprendí algo bien grande. A dos días del inicio de la revuelta, Rodney King dio “uno de los discursos más importantes en la historia reciente de Estados Unidos”, a decir de Roger Guenveur Smith:

I just want to say – you know – Can we all get along? […] We’ll get our justice; they’ve won the battle, but they haven’t won the war. […] I mean, we’re all stuck here for a while, let’s, you know, let’s try to work it out, let’s try to beat it, you know, let’s try to work it out.

Triste pero no sorprendente, esto que dijo Rodney le disgustó a muchas personas: a lxs que protestaban, a lxs que estaban contra las protestas. A pesar del llamado a la paz, la revuelta siguió por unos días más. El sentimiento de injusticia iba más allá de él, de su figura: “No solo era él. Éramos nosotrxs viéndonos en él”, dice Lora Dene, hija de King.

El periódico reporta que, como parte del festival, Lora “ayudó a soltar docenas de globos blancos al cielo, para conmemorar a lxs que perdieron la vida durante las revueltas. Después, se bajó al escenario y, con el resto de la gente, levantó su puño derecho al aire para un momento de silencio”:

My question to all of you guys is, “Can we get along?” […] That means not being prejudiced against any religion, race, whatever. It means solutions … solutions are the main thing and the youth.[…] Yes I’m angry because we’re still at the same place, but we’re gonna make it.

Rodney King vivió dos décadas más después de la revuelta. Nunca en paz. Hasta su trágica muerte, a los 47 años.

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El festival cierra con Los Rakas, un dueto de californianos descendientes de panameñxs, que cantan en inglés y español. Lxs organizadores pasan del baile a recoger todo en cinco minutos, así que F y yo decidimos partir, a eso de las 5 de la tarde.

Caminamos un tramo rumbo a la parada del camión. Nos detenemos en una esquina, para esperar a que cambie el semáforo. De repente, se acerca un coche viejo lleno de muchachos. De la ventana del copiloto se asoma uno, de tez oscura, que nos grita bien alto: ¡Óraleee, mijoooooos! En automático, F y yo nos echamos a reír.

Tal vez es la sorpresa, tal vez nos parece increíble que por primera vez desde que llegamos a Los Ángeles nos griten algo así. Tal vez el ambiente del que venimos nos revolvió las emociones. O tal vez simplemente sonó muy chistoso el órale-mijos con acento gringo de barrio. El caso es que nos reímos tan fuerte y tan pronto, que contagiamos a todos los que vienen en el coche y a lxs que van pasando por la calle. Alcanzo a cruzar la mirada con el que nos gritó, me parece que sus ojos ríen también.

Total que, en realidad, no aprendí nada. ¿No que ya todos somos amigxs?, le digo a F, después de un rato de seguirnos riendo. Parece que el trabajo de lxs activistas no termina.

Al final, sí se nos nota el paisaje en el cuerpo, pienso. Los de Sur-Centro luego luego saben que vengo de fuera, pero que igual soy mexicana. Bueno, al final ¡eso soy!

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El martes pasado, 2 de mayo de 2017, Jordan Edwards, de 15 años, fue asesinado por la policía en Dallas: “He was the 105th Black person killed by police in 2017”.

En la Solidarity House of the South/Casa Solidaria del Sur, un espacio autónomo del Sur-Centro, un adolescente latino nos cuenta cómo fue que a su hermano lo mató la policía hace seis meses, cómo salió su familia a protestar, cómo se han defendido con un abogado y cómo el abogado les dijo que, de plano, es improbable que corran a los responsables. De hecho, según este reportaje de agosto de 2016, en el Condado de Los Ángeles, no son los negros sino los “latinos, los que más mueren a manos de la policía”.

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Documentales recientes relacionados con el tema:

  • Rodney King, poema-monólogo teatral de Roger Guenveur Smith, dirigido por Spike Lee, estrenado el 29 de abril de 2017. — En Netflix.
  • XIII, dir. Ava Duvernay, 2016. — En Netflix.
  • I Am Not Your Negro, dir. Raoul Peck, 2016 — En salas de cine en la Ciudad de México estos días.
  • The Black Panthers Mixtape 1967-1975, dir. Göran Olsson, 2011. — En Netflix.
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4 comentarios en “¡Órale, mijos!

  1. Chale, Mija. Será que los humanos estamos programados para segregar al que es distinto?
    Y que los ingenuos existimos para creer que las cosas están mejorando porque sólo así podemos seguir adelante?
    Y eso que es elei, una ciudad con hartos latinos, qué será en otras ciudades donde hay pocos?
    Abrazos a ambos

    Le gusta a 1 persona

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